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Cómo dejar de robarle dinero al futuro: planificar

según datos de la Cátedra SURA de Confianza Económica incluidos en la encuesta "El ahorro en Uruguay: la percepción de los consumidores" —que elaboró junto a la Universidad Católica (UCU) y Equipos Consultores— y que presentó a comienzos de julio.

Si se trabaja para gastarlo todo, uno puede sentirse del lado de la mayoría y encontrar rápidamente un círculo de amigos y conocidos que lo hará sentir cómodo con su conducta. No obstante, este comportamiento claramente es perjudicial. Es como robarle dinero al futuro y condenarse a trabajar toda la vida.

Para cambiarlo por una conducta más sana, existen dos alternativas: bajar los gastos o mantenerlos en los mismos niveles incrementando los ingresos, de modo que surja una diferencia de dinero capaz de garantizar capital al "yo futuro".

Por eso este Finanzas de Bolsillo pone el acento sobre los tipos de gasto.

Tipología de los gastos.
Para dejar de robarle dinero al futuro, lo primero es clasificar los gastos. Esto no implica anotarlos en una libreta o en una planilla de Excel sino conocer los distintos tipos existentes para analizar cómo incide cada uno en el mes a mes.

Los gastos pueden ser:

1) "Tontos": son gastos que se hacen como resultado de un capricho, un impulso, una confusión, ansiedad o algún otro motivo difícil de justificar.

La cuestión central es aprender a diferenciar entre lo necesario y lo deseado, discriminación que no siempre resulta sencilla puesto que nuestra mente puede generar una falsa necesidad con el fin de cumplir ese deseo generalmente impulsado por los departamentos de marketing de las empresas.

Una vez que tenemos el producto o servicio deseado a mano, antes de caer en la trampa conviene aplicar la siguiente metodología: en lugar de fantasear y proyectar la vida con la potencial adquisición, hay que imaginarse qué cambiaría en caso de no comprarla.

Si aún así se sigue pensando que es una necesidad antes que un deseo, es recomendable posponer la compra un día y volver a evaluarla. El tiempo, muchas veces, ayuda a tomar mejores decisiones.

2) "Hormiga": el taxi para no tener que esperar el ómnibus, el jugo o la cerveza a la salida del trabajo, el alfajor para la merienda, el cafecito camino a una reunión, lavar el auto seguido para que se vea siempre reluciente... Se trata de gastos que no se contabilizan pero pueden significar hasta un 15% del presupuesto personal.

Dentro de este universo puede haber gastos tontos de baja cuantía. Son compras pequeñas que se piensa que no van a afectar demasiado las finanzas de bolsillo, pero lo hacen y mucho.

Los oficinistas y quienes pasan varias horas lejos de su hogar constituyen las principales víctimas de los gastos hormiga, dado que ven en cada compra pequeña un paliativo para soportar la jornada laboral, cuando bien podrían llevar todo lo necesario para alimentarse mejor desde la casa (barritas de cereal, fruta, botellas de agua para recargar, etc).

3) "De vida o muerte": comida, alquiler, medicamentos, higiene personal, impuestos, y sigue la lista. Son gastos verdaderamente necesarios e indispensables para el día a día. De ellos depende la salud física, mental o emocional.

Generalmente son gastos recurrentes: hay que realizarlos con frecuencia. Por ese motivo, pueden ser presupuestados en una lista de gastos fijos.

Un ejercicio eficaz para mejorarlos es analizar una vez por mes si alguno de los servicios contratados o productos adquiridos puede reemplazarse por otro más barato que sea de similar calidad.

A veces, no hace falta cambiar de producto: pueden surgir promociones por pago con débito automático o tarjeta y descuentos por abonos anuales realmente beneficiosos para nuestros bolsillos.

Tres pasos.
Independientemente de los tipos de gasto, un camino de tres pasos ayudará a desechar aquellos que no son necesarios y generar el excedente buscado.

1) ¿Gasto o inversión? En primer lugar, hay que tener en claro si se está ante un gasto, donde lo comprado se consume prácticamente en el momento, o frente a una inversión, donde gastamos ahora para beneficiarnos después.

Algunos ejemplos de gasto: tomar un café al paso, viajar en taxi por estar apurados, comprar ropa por gusto o tentarnos con bebidas y golosinas en un kiosco.

Algunos ejemplos de inversión: realizar un curso de idioma, pagar la cuota del gimnasio (siempre que vayamos) o adelantar pagos de consumo corriente (la patente, por ejemplo).

Tanto viajar como ir al cine o cenar afuera son claramente gastos. Sin embargo, si uno se informa previamente sobre el producto o servicio a adquirir y este realmente satisface, puede convertirse en una experiencia a recordar por mucho tiempo.

2) Impacto en las finanzas: El segundo paso consiste en analizar con precisión cómo repercutiría un gasto potencial en el presupuesto mensual.

Una vez calculado con realismo el dinero con el que contaremos, asignar un límite a los gastos y un piso a las inversiones puede ser la dieta más sana para las finanzas personales.

En este sentido, antes de comprar algo en cuotas se debe medir tanto el impacto que la primera cuota tendrá en el presupuesto como el que generarán las siguientes cuotas en los próximas meses, cuando se deban afrontar gastos estacionales que en la actualidad no están contemplados.

Un buen ejemplo es el gasto en enero vinculado con las vacaciones. Antes de ingresar en un plan de pagos, se debe evaluar si durante el año, con la cuota del colegio incluida en el presupuesto, se podrá afrontar el gasto de verano sin afectar seriamente las finanzas y los límites fijados.

3) ¿Hay premio por esperar? El tercer paso consiste en realizarse esta pregunta. Sabemos que el sueño del departamento de ventas de toda empresa es encontrar un grupo de compradores compulsivos para sus productos. Si se forma parte de ese grupo, simplemente se estará preso de sus estrategias.

Por eso, cuando se ve en internet un producto o servicio a un precio y realmente interesa, conviene dejar correr los días o simplemente scrollear (bajar en la página con el mouse) para ver si se encuentra lo mismo a un valor promocional.

En los shoppings siempre hay días de descuento con tarjeta. Hay comercios que rebajan el precio aunque uno no posea exactamente la tarjeta del banco que promociona el descuento.

Como comprador, uno puede mostrar interés, pero nunca al punto de que el vendedor lo sepa vencido. Tiene que mantenerse firme hasta que el precio realmente lo convenza.

Casi siempre obtendremos premio por esperar o buscar con paciencia. En base a LA NACIÓN / GDA

La escasa cultura y capacidad de ahorro.
Uno de las principales datos que se desprenden del estudio "El ahorro en Uruguay: la percepción de los consumidores" —que elaboró la Cátedra SURA de Confianza Económica junto a la Universidad Católica (UCU) y Equipos Consultores— es el alto porcentaje de personas que utilizan su casa ("abajo del colchón") para ahorrar. "Si el ahorro se queda en casa, no va al sistema financiero. Por un lado, a la familia no le genera rentabilidad, por otro, a la economía no le permite canalizar ese dinero para financiar inversión. No está cumpliendo con el rol de desarrollo que uno le pide al ahorro", argumentó la investigadora del Departamento de Economía de la UCU, Silvia Vázquez. Ir al shopping en el día de los descuentos y gastarse el sueldo, sería economizar el gasto. "Acá se cree que es ahorrar. Ahorrar habría sido no gastarlo", puntualizó. La encuesta establece que al 70% de los consultados le "alcanzan" sus ingresos para cubrir sus necesidades básicas. De estos, al 41% le sobra para ahorrar (pero de estos apenas 25% declara haberlo hecho el mes anterior). De los que les sobra para ahorrar, solamente al 46% le ocurre esto "regularmente", mientras que al otro 56% se le da "algunas veces".

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